El león Me creía el rey de la selva, hasta que llegó un verdadero tirano que se fue apoderando de mis dominios. Me fue arrinconando con todo y súbditos a reservas de fronteras frágiles que se encogen día a día. Como en las cortes de castillos medievales, que suelen decorar las paredes con los retratos de antiguos monarcas, las melenudas cabezas de los míos adornan como trofeo, como tributo a la ignominia, las paredes de mansiones de cazadores de rapiña. Por eso digo que de rey ya no tengo nada.   La jirafa Dicen que soy una mezcla de camello y leopardo, pero con cuello muy largo y cuernos romos. Mi pelaje es un mosaico de manchas naranjas que parecen pegadas con yeso blanco. Soy la más alta y esbelta de las especies terrestres. Desde la Antigüedad he sido presa fácil de los hombres, que han preferido verme en zoológicos o coliseos antes que corriendo libremente por las sabanas africanas. Ni la más desbordada imaginación humana habría podido concebirme. Solía pavonearme libremente a la luz del sol para alimentarme de las hojas de los árboles. Pero por precaución ahora salgo solo de noche, y de día prefiero esconder mi cabeza en el suelo como los avestruces.   El orangután Sentado en la copa de este árbol aún intacto, a corta distancia escucho el ruido de las motosierras, de la maquinaria pesada, y cómo retumban los troncos al caer, con un tremor de selva agraviada, mal herida. La última vez que me enfrenté a un enorme buldócer salí seriamente lastimado. Al principio mis hermanos menores de ojos rasgados solo reían, como si fuera yo una curiosidad anecdótica. Pero cuando notaron que estaba molesto en serio, me arrojaron piedras y palos para espantarme. A palabras necias, oídos sordos, así que preferí alejarme, refugiarme con los míos, o lo que queda de los míos. Quedé con un ojo morado y dos costillas rotas, por eso me cuesta tanto trabajo suspirar. Mi pelaje de cortina vieja de poco me ha servido para mantenerme oculto y a salvo de la destrucción infame. Por eso digo que mi pelaje es más bien de sauce llorón.   El rinoceronte Parecía yo un tanque vivo –una fortaleza impenetrable–, dotado no solo de armadura, sino de una cabeza en forma de cuerno, un portento de defensa personal. Pero como Aquiles, todos tenemos nuestro talón. Y el mío fue, precisamente, esa asta portentosa que se convirtió en el blanco de la avaricia, de la superstición absurda. Pese a mi musculatura tremebunda en muchas fotos aparezco llorando. Y es que ya desde entonces sabía yo que sería una de las primeras especies en extinguirse. Dicen que la mejor defensa es el ataque, pero en mi serenidad de monje pacífico nunca lo creí. Ahora es demasiado tarde para arrepentirme.   La ballena De poco sirve que sea la más grande de las especies que han habitado la faz de la Tierra. Entre más grande es el sapo, más grande la pedrada, y mi tamaño me convirtió en la más vulnerable. Con las primeras travesías en altamar, el solo avistamiento de mi mole asustaba a los marinos, los mantenía a raya. Y cuando volvían a sus puertos, exageraban aún más mi tamaño y me tildaban de monstruo, de guardián de las aguas desconocidas. Pero muy pronto el mayor depredador del planeta venció las distancias de esta gran esfera de agua y también sus propios miedos y vio en mí una fuente inagotable de carne, grasa y huesos. Estuve al borde de la extinción. Por fortuna una veda sensata ayudó a que los míos se recuperaran en número. Pero, así como David venció a Goliat, mi peor enemigo me está entrando ahora como veneno por el estómago. Y estas barbas que me permitieron alimentarme bien por generaciones y que habían resultado tan sabias y efectivas para filtrar el agua del kril, ahora no saben distinguir entre esos pequeños crustáceos y los plásticos que inundan los océanos.

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