Octavio Pineda

El león

Me creía el rey de la selva,
hasta que llegó un verdadero tirano
que se fue apoderando de mis dominios.
Me fue arrinconando con todo y súbditos
a reservas de fronteras frágiles
que se encogen día a día.
Como en las cortes de castillos medievales,
que suelen decorar las paredes
con los retratos de antiguos monarcas,
las melenudas cabezas de los míos
adornan como trofeo, como tributo a la ignominia,
las paredes de mansiones de cazadores de rapiña.
Por eso digo que de rey ya no tengo nada.


El orangután

Sentado en la copa de este árbol aún intacto,
a corta distancia escucho el ruido de las motosierras,
de la maquinaria pesada,
y cómo retumban los troncos al caer,
con un tremor de selva agraviada, malherida.
La última vez que me enfrenté a un enorme buldócer
salí seriamente lastimado.
Al principio mis “hermanos menores” de ojos rasgados sólo reían,
como si fuera yo una curiosidad anecdótica.
Pero cuando notaron que estaba molesto en serio,
me arrojaron piedras y palos para espantarme.
A palabras necias, oídos sordos, así que preferí alejarme,
refugiarme con los míos, o lo que queda de los míos.
Quedé con un ojo morado y dos costillas rotas;
por eso me cuesta tanto trabajo suspirar.
Mi pelaje de cortina vieja de poco me ha servido
para mantenerme oculto y a salvo de la destrucción infame.
Por eso digo que mi pelaje es más bien de sauce llorón.


El rinoceronte

Parecía yo un tanque vivo —una fortaleza impenetrable—,
dotado no sólo de armadura,
sino de una cabeza en forma de cuerno,
un portento de defensa personal.
Pero, como Aquiles, todos tenemos nuestro talón.
Y el mío fue, precisamente, esa asta portentosa
que se convirtió en el blanco de la avaricia,
de la superstición absurda.
Pese a mi musculatura tremebunda,
en muchas fotos aparezco llorando.
Y es que ya desde entonces sabía yo
que sería una de las primeras especies en extinguirse.
Dicen que la mejor defensa es el ataque,
pero en mi serenidad de monje pacífico nunca lo creí.
Ahora es demasiado tarde para arrepentirme.


La ballena

De poco sirve que sea la más grande de las especies
que han habitado la faz de la Tierra.
Entre más grande es el sapo, más grande, la pedrada,
y mi tamaño me convirtió en la más vulnerable.
Con las primeras travesías en altamar,
el solo avistamiento de mi mole asustaba a los marinos,
los mantenía a raya. Y cuando volvían a sus puertos,
exageraban mi tamaño y me tildaban de monstruo,
de guardián de las aguas desconocidas.
Pero muy pronto el mayor depredador del planeta
venció las distancias de esta gran esfera de agua
y también sus propios miedos y vio en mí
una fuente inagotable de carne, grasa y huesos.
Estuve al borde de la extinción.
Por fortuna, una veda sensata
ayudó a que los míos se recuperaran en número.
Pero, así como David venció a Goliat, mi peor enemigo
me está entrando ahora como veneno por el estómago.
Y estas barbas que me permitieron alimentarme bien por generaciones
y que habían resultado tan sabias y efectivas para filtrar el agua del kril,
ahora no saben distinguir entre esos pequeños crustáceos
y los plásticos que inundan los océanos.


El elefante

Inútil resulta todo lo aprendido en el pasado
cuando el presente es tan incierto.
El de toda mi especie es poco esperanzador.
En mi rol de matriarca,
y gracias a mi memoria prodigiosa,
he hecho hasta lo imposible por guiar a mi manada
hacia donde haya agua o alimento,
ayudándolos a evitar fieras salvajes;
pero la peor de todas sabe camuflarse
y ataca a distancia, a muy larga distancia,
para ponernos una bala en la cabeza.
Nada que hacer.
Ante la perfidia, de nada sirve la fuerza descomunal,
que nos permite arrancar árboles de raíz,
o protegernos en grupo, cerrando formación.
Y todo por estos colmillos de marfil,
que en teoría sirven para defendernos,
pero que ahora maldigo
porque han sido nuestra perdición.
Si tanto los quieren para adornar sus frívolas vitrinas
o para fabricar sus juegos de ajedrez,
se los regalo,
pero no acaben innecesariamente con los míos.
La memoria del mundo, del más antiguo,
desde los mamuts y los mastodontes,
también pervive en mí.


El pangolín

Con ligeras variantes,
había logrado sobrevivir
por millones de años.
Alcachofa animal,
soy el último género vivo de los mánidos.
Siempre me he sentido cercano
a los armadillos, perezosos y osos hormigueros,
cuyos ancestros se remontan a los acorazados gliptodontes
o al perezoso gigante, mejor llamado megaterio,
pero los taxonomistas dicen
que seguí una rama evolutiva distinta.
Para defenderme, me hago bola, como la cochinilla,
pero en la sabia naturaleza todo está interconectado,
llamémonos mamíferos o insectos.
Sea cual sea mi origen, mi futuro está en veremos,
y como con muchas otras especies
mi perdición ha sido la ignorancia
o la superstición de los hombres,
que han dado a mis escamas usos tan frívolos
como confeccionar botas de vaquero
o atribuirles bondades medicinales,
cuando en realidad están hechas de simple queratina
como las uñas o el cabello humanos.


El oso polar

Me estoy muriendo de calor
en este horno en que se ha convertido
el círculo polar ártico,
pero, a diferencia de ustedes,
yo no puedo quitarme el abrigo
o prender el aire acondicionado;
a lo mucho, darme un chapuzón e intentar refrescarme
en estas aguas tibias que alguna vez fueron heladas.
Las muchas especies, otrora abundantes,
de las que solía alimentarme
también se han ido
y he tenido que tragarme mi dignidad
de soberano de esta cadena alimenticia
para husmear y mendigar algo de comer entre su basura,
bien lejos de mi hábitat natural.
¡Ya apaguen el interruptor de su mal entendido “desarrollo”!
O al menos bájenle la velocidad,
que sea algo más razonable, más sensato,
porque, así como va, está dando al traste con todos nosotros.
No sigan de brazos cruzados,
viendo, indolentes, cómo se funde de calor
este bello planeta azul aún algo fresco en invierno.